lunes, mayo 26, 2008

Nación sin ley.




¡Franquistas! gritan despectivos los que imitan a Franco y usan sus métodos para destruir a la España de todos y arremeter contra los españoles y sus símbolos, cayendo muy por bajo del peor listón que midiera la dictadura. Mientras puentean al Estado y al Parlamento, con el pacto del Tinell. Mientras marginan a la nación. Mientras dan cobertura logística, económica, social y política a la escoria criminal, haciendo frente común contra la decencia, el derecho y la libertad, hasta cotas que la España que dejó Franco no se permitió jamás, siendo superado en inmoralidad y represión, por muchas veces.

Tras la muerte del dictador, la sociedad española se infló como un enorme globo, llenándose, en desmedida incontención y ansiedad, con aires de libertad. Los partidos políticos surgieron como las setas en las tardes soleadas que preceden a las copiosas lluvias otoñales. Todos eran buenos. Todos eran democráticos. Ni uno solo era maldito por el estigma franquista. La tétrica figura negra, sin rostro, nos concedió una gran victoria usando su guadaña a favor de la libertad y de la justicia. El derecho era una novedosa bendición del cielo, negada durante cuarenta años de desesperanza y humillante sometimiento.



Esa fue la sensación tras un cuidadoso adoctrinamiento que se nos inculcó desde la más tierna edad, en aquella España en la que se aseguraba que no se podía hablar de política, pero en la que de alguna manera no había un solo español que no hubiera sido fanatizado en el odio hacia el dictador. Todo aquello que rebatiera, discrepara, disintiera o se enfrentara a Franco y a sus Principios del Movimiento Nacional, automáticamente era bueno, democrático y justo. ¡Dios mío! ¡Como pudimos ser tan incautos! ¡Como pudimos hipotecar el futuro de la nación asimilando aquel fanatismo tan ciego y pernicioso, como suicida, contra nosotros mismos! ¿Cómo es posible que permitiéramos ser despojados de nuestro derecho y dignidad, con la excusa de librarnos de Franco ya muerto?



¡Les ha sido tan fácil! Les ha bastado alinear a España con Franco, para identificarla y relacionarla con él, y así descargar todo aquel odio sobre ella, tanto a manos de los que gracias a él presumen de cuarenta años de honradez, al no poder tocar cajón, y por los que se forraron gracias a él y se siguen forrando sin él. Cizañando y arraigando el odio contra España, contra todo el que la ame, y al rechazo de todo aquello que la simboliza, volcando su veneno sobre las generaciones que no pueden cotejar con la realidad y llegar a la verdad. Los que nunca han conocido a Franco lo odian mucho más que los que lo sufrimos en nuestras carnes. El odio creciente contra España, puede ser mucho mayor ¿Cómo es posible? Odian y transmiten el odio mientras suplantan e imitan lo peor de Franco: La dictadura. Pero al contrario que Franco, ellos lo hacen contra la nación, contra el trabajo y contra la honradez.

¿Quién puede pensar que se puede construir una nación sobre la represión, el enfrentamiento, el asesinato patrocinado, el privilegio y la discriminación? ¿Cómo hemos sido tan ciegos? ¿Cómo se lo hemos permitido?

El grueso de la ciudadanía española solo quiere garantías al derecho, libertad y la supervivencia desde la honradez del esfuerzo personal. Pero son vilmente engañados unos, y tachados de fascistas los otros, por los que tienen pánico a la competitividad democrática que obliga a la igualdad de condiciones. Por los ventajistas que usan el corporativismo mafioso para marginar al estado y pactar leyes criminales que legalicen sus expolios, sus esquilmos, sus privilegios y sus delitos contra la justicia.



Despectivamente los acusan de ser de derechas. ¡Franquistas! Un amplio catálogo de improperios son dedicados a sus víctimas que muestran públicamente el rechazo al terrorismo, al nacionalsocialismo repugnante de los radicales y asesinos. A los que reclaman sus derechos democráticos tras cumplir rigurosamente con sus deberes fiscales. A los que reclaman servicios escamoteados y regalados a los que viven al margen de las leyes y no pagan impuestos o se quedan los que pagamos otros. A los que manifiestan su fe en la religión católica. A los que gritan exigiendo justicia y deberes a los servidores que pagan y la impiden u obstruyen desde las instituciones del estado.

Ignorantes o perversos, acusan de franquistas a quienes de ninguna forma pudieron serlo. Franco solo era franquista. Nunca fue de derechas ni de izquierdas. Como nacional sindicalista convencido, y del probado paternalismo hacia el obrero, tan odiado por la patronal, quizás pueda ser identificado como de derechas dado el conocido desprecio de la izquierda por el ámbito laboral. Pero jamás permitió, ningún tipo de expresión pública que hegemonizara a ningún colectivo, ideológicamente. Paternalismo que fue lo primero que destruyó el PSOE, poco antes de hundir a los sindicatos en la pleitesía servil que les obligaba a la dependencia y sumisión, subliminalmente engastada en la subvención como único recurso para su supervivencia, hasta dejar a España aproximadamente, a los niveles de la República Popular de China, en cuanto a derechos laborales, con contratos basura o NO contratos ni garantías de ningún tipo.



En la España actual solo hay dos ideologías: La de los lobbys asociados -de delincuentes, asesinos, represores, engañabobos y expolia-euros- y la de la gente decente amante de la justicia y la libertad, incapaces de entender la vida fuera de sus convicciones y principios éticos y morales, permanentemente en guardia y a la defensiva de las agresiones y abusos del estado. Esas son las dos Españas que se debaten enfrentadas, bajo el patrocinio de ZP. Desgraciadamente los primeros ganan por humillante goleada. Sobre todo ahora que la directiva del ‘equipo’ contrario traiciona a los suyos y se vende al enemigo, completando y cerrando el desamparo total sobre esa ciudadanía, sumando la traición de Rajoy a las del Jefe del Estado y resto de poderes. A esto habría que añadir los múltiples reclamos atrayendo a la delincuencia mundial hacia este su ya conocido como paraíso de impunidad. Crimen y avaricia, aplastando la convivencia, la justicia y el trabajo. Esto nos enseña que hay que desterrar el timo de las ideologías y aferrarse al derecho y a la justicia, armadas con legalidad democrática y al rigor en su gestión y aplicación, como objetivo común que vuelva a unir a la nación, como un coloso bajo la única bandera de su propia legalidad, controlada por su propio poder, de forma que a los vividores y delincuentes les resulte inexpugnable.




Jueces, FSE y FF.AA, tienen el deber de intervenir de oficio, ante la ausencia de gobierno y de órganos de gobierno, que articulen los medios que correspondan para instaurar y hacer cumplir la legalidad constitucional vigente, y ampliamente violada, contra la nación y contra el estado. Tienen el ineludible deber de parar esta impunidad criminal, contra el secuestro del estado, contra sus ocupantes y contra la indefensión de la nación. Las urnas solo autorizan y legitiman para servir, desde el riguroso sometimiento a la legalidad constitucional, nunca para agredir al ciudadano, ni debilitar o malversar las funciones del estado.

Clandestino

2 comentarios:

Martha Colmenares dijo...

Es imperdonable que ZP haya patrocinado esas "dos Españas que se debaten enfrentadas". Cuando uno lee cosas como estas, por tratar de estar cerca de la realidad, resulta asombroso que un poco más allá, es como que si no existiera. De ahí que se muestra y se habla del ZP estadista y hasta pacifista. La ignorancia puede ser perversa.
Saludos, Clandestino.
Martha

Clandestino dijo...

Juegan con cartas marcadas. Es fácil delinquir contra la nación, cuando a esta no la representa nadie. Cuando no hay instituciones ni oposición que vigilen y exijan el rigor de la legalidad constitucional, como línea insalvable por el crimen.

La imagen de ingenuo bonachón que presenta y vende ZP, oculta muy bien su verdadera condición de mala persona, rencorosa y vengativa, que no duda en usar el estado contra la nación honesta y decente. Le es muy fácil engañar fuera de España, pero no a la parte que lo sufrimos en ella. Unos conscientes de ello, otros más afortunados, sin enterarse de nada.

Saludos Martha

Clandestino