
M. Rajoy, sobrio, austero, líder Popular, pero anti-populista, rescata los valores de la política, dignificándola y poniéndola a trabajar para el único fin de servir a la Nación.
El Sr. Rajoy tiene el arte o la virtud, de despertar el miedo, los complejos o el desconcierto, en sus enfurecidos enemigos, que no adversarios. Pocos podrán acusarlo de exaltado o provocador. Sin embargo su mesura, su impecable trato respetuoso y respetable, que da sensatez y fluidez a su discurso inteligente y moderado, solo puntualmente algo irónico o incisivo, genera reacciones iracundas hasta hacer perder la compostura y las debidas formas, hasta olvidar todo tipo de contención y respetabilidad, a todos aquellos que se les presupone la capacidad y obligación de predicar con el ejemplo. Esto de juntarse todos contra uno, estercolando y destrozando a la Nación, para tener los mismos votos asegurados sintiéndose perdedores, debe ser duro, hasta encallecer el pericardio.
Nuevamente ha vuelto a sorprender, desatando el furor, alborotando los gallineros, y esta vez, hasta el suyo propio. No solo se atrevió a diseñar las listas electorales del partido que preside, sino que ha tenido la osadía de no ‘consensuarlas, con la oposición’, dejando fuera de esas listas a grandes esperanzas de los “centristas”, y de sus nazis asociados. Estos no se han ocultado ni recatado a la hora de soltar grandes dosis de adrenalina liberando su habitual tonelaje de bilis, abriéndoles las compuertas a sus ‘camisas pardas’ y arrojando abundantes cargas de profundidad, sobre su discreto y poco ostentoso protagonismo, no estando nunca donde el enemigo cree que está.
Nos sorprende este Rajoy en su inédita faceta de fajador -de apariencia frágil y manipulable- estilista habilidoso y escurridizo, que desgasta y vapulea al ‘púgil’ contrario, más fornido y fiero pero torpe y embrutecido, obligándole a ‘bracear’ dando golpes al aire, humillándolo en su ineficaz ineptitud y en sus infantiles y patéticas pataletas. Nos engañó a todos. Reconozco mi error. No era apatía. No se esconde. Solo hay que saber buscarlo y aprender a verlo, en su concentrado ensimismamiento por su labor. Probablemente se atragantaba con los modos chabacanos habituales en sus oponentes. No se rebajó a aceptar lidiarlos en su ciénaga inmunda. Cuando parecía que ‘no estaba’ y lo reclamábamos, era precisamente cuando más efectiva era su no presencia y más daño hacían sus golpes al contrario, hasta desarbolarlo y bailarlo en el más esperpéntico de los ridículos. Ha quedado claro que sin un Rajoy, sin un Franco, sin unas víctimas o sin una Iglesia a quien machacar, no son nada. Se acabó. Cuando su populismo muere, sus carencias les delatan, haciendo inútil su ridícula sonrisa de plástico. Los hemos podido ver aferrados a Gallardón como las hienas a un cadáver de la sabana. Las ‘académicas’ y ‘políticas’ interpretaciones sobre las habituales e intolerables ingerencias en los asuntos internos del PP, de los ilustrados Pepiño, de la Vega y L. Garrido, les han autoproporcionado un ligero tentempié a su vulgaridad agresiva y barriobajera. Pero cuando fanfarroneaban, cebándose convencidos de la debilidad e insignificancia, del Sr. Rajoy, buscándolo allá por las solitarias y frías estepas de la extrema diestra, no se percataban de que este se limitaba a elevar su adusta superioridad justo por encima de sus cabezas y, distraída, placentera y elegantemente, les dejaba caer sus ‘desperdicios fecales’ sobre ellas. La permanente orgía y vitalicia bacanal festejando sus ‘victorias’ sobre un ‘vencido y desaparecido’ Rajoy, presenta el aspecto de un grotesco aquelarre demoníaco y miserable, carente de dignidad y autoestima, que no les ha permitido observar el pequeño detalle de que su preciado “aroma socialista” no es más que abundante “hedor a orín de Rajoy”.
Ha obligado a aflorar el lavadero público, en su realidad de circense sucedáneo de la política engañabobos y ha rociado de zotal la parte política contenida en su radio de acción reconduciendo a esta, hacia sus cauces naturales, higienizando todos los espacios y rompiendo barreras y 'cordones'. Ha demostrado su inteligente acierto con el sátrapa madrileño, en la propia reacción de ‘las lavanderas’, del ‘mercadillo de verdulerones’ y del mismo falsete caudillito con disfraz de amigo, doliéndose fariséicamente, por no ser aceptada su ‘valiosa colaboración’, conocida desde tiempo como solapada ansiedad en el único deseo de meter la mano en el mangoneo nacional.
Se oculta el líder tras el titánico trabajo por venir y deja el protagonismo populista de las carteleras, exclusivamente a la valoración de los resultados, por sus propios usuarios-beneficiarios, de tal manera que o son buenos o no habrá protagonismo que valide su labor. Arriesgado pero honesto. Los errores cometidos cuando se trabaja en pro del interés general, son criticables pero fáciles de perdonar y de olvidar. Unos resultados pobres son gloria bendita comparándolos con las agresiones, los destrozos y el desprecio actual. Desde luego el Sr. Rajoy apunta nuevos modos. Y me gustan.
Independientemente de lo que ocurra en las elecciones, quiero felicitar al Sr. Rajoy y al PP, por su numantina resistencia al acoso de la peor y más vergonzosa caterva que ha ocupado el Estado de España desde que se escribe su historia, sin perder los papeles ni la compostura. Por haber dado a Gallardón la única respuesta posible a individuos de su calaña. Una pena que un gran número de electores se dejen deslumbrar por los abalorios baratos, menospreciando la opacidad aparente, de los diamantes en bruto.
Clandestino